Para entender la filosofía de Mishka, hay que emprender un viaje espacio-temporal. Así no solo llega uno a conocer de qué va la marca, sino que también descifra el espíritu del presente. Porque Mishka es, como dicen sus fundadores  Marcelo Cantón & Diego Trivelloni, algo urbano pero lujoso; algo austero pero disruptivo. Un reflejo de la actualidad nutrido de referencias artísticas de otras décadas, e inspirado en musas que, si habitaran este tiempo y espacio, usarían sus diseños. Figuras que en algún momento rompieron esquemas.

El itinerario de este otoño abarca espacios europeos, asiáticos, y tiene predilección por tiempos radicales: los años 30 y los 60. Por eso, sus zapatos (pilares de la firma) parecen creados para caminar París ante la cámara de Jean-Luc Godard o Luis Buñuel. Hay guillerminas en punta como las Lina, acharoladas con taco laqueado y trapezoidal; mocasines con líneas nórdicas como los Alexa; y botas sesentistas como las Dublín.

Mención aparte merece la construcción de cada pieza. Afín a los principios de la arquitectura brutalista, esta sublima los materiales como ornamentos en sí mismos. Imponentes los tacos de carey, acrílico o madera, contrapuestos con el charol típico de la firma. Este viene en tonos inéditos como naranja, terracota, crudo y rosa. Asimismo, la temporada introduce materiales tecnológicos como el alto brillo, a medio camino entre charol y cuero natural.

El arte se abre camino en la línea de carteras, que presenta una clara influencia vintage. Artistas conceptuales como Daniel Buren y Sol LeWitt se conmoverían al ver sobres como el Zeta o el Selma, engalanados por recortes geométricos en diversos tonos. El carácter urbano de Mishka se manifiesta en maxibolsos, mochilas y marineros, tan prácticos como distinguidos. Por su hebilla redonda, sus líneas rígidas y su textura croco, el modelo Felicity califica para acompañar a una Catherine Deneuve moderna.

Compuesta solo por géneros nobles, la ropa de Mishka gusta de los contrastes. Una camisa larga marida con pantalones crop o tobilleros, mientras que géneros sofisticados salen a la calle sobre tipologías todoterreno. Se destacan abrigos de paños italianos como el Florence; y de pieles sintéticas como el Winona, en homenaje a musas del desenfado de Marianne Faithfull e Edie Sedgwick. La modelo Twiggy sin duda sucumbiría a la blusa floreada Cameron, así como a los tops con mangas amplias y recortes geométricos. ¿Otros hits? Chaquetas con apliques metálicos, boleros vinílicos y faldas de cuero.

La precisión constructiva de la marca se traslada a sus jeans, que siguen un orden sartorial. Confeccionadas en colaboración con Lycra, las piezas presumen de puntadas invisibles en bolsillos, dobladillos, sometiéndose a estándares propios de la sastrería. Vienen de tiro medio o alto, en calces como legging, oxford y flare, con botones bañados en oro. Los jeans más cancheros se llaman Loren Crop, están cortados sobre el orillo, y parecen hechos a la medida de Jane Birkin.

Como obras escultóricas están concebidos los accesorios, cuyas curvas metálicas bien podrían estar firmadas por Marcel Breuer. El inventario de Mishka admite brazaletes-bloque, aros solitarios y collares con cadenas.

En plena producción de la campaña, shooteada por Santiago Albanell, Cantón observa el decorado Art Déco y apunta: “En moda, no te acordás de lo que se usó en 2010 o 2011. Los grandes cambios se dan cada treinta o cuarenta años; por década solo conocemos estilos”. El de Mishka atraviesa épocas y lugares, en pos de la modernidad.

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